Capítulo 1

Bullying.
Mi familia se mudó a capital y todo fue nuevo para mí. Con mis catorce años cumplidos, una talla de una mujer y más libras que las debidas. Era una persona retraída y callada. Me hubiera gustado pasar desapercibida, pero por ser grande y gorda, era misión imposible.
Llegué el lunes a la escuela con tiempo de sobra para sentarme en las escaleras y así ir mirando a todos los que llegaban, que me miraban, como se mira un bicho raro.
Ya era casi la hora de entrar, cuando un grupo de cuatro varones, llegó al portón armando una algarabía tremenda.
De pronto el que parecía jefe del grupo detuvo a los demás y señalándome dijo en voz alta para que todos le oyeran.
¿Y esta gorda de dónde salió?
Su metal de voz era hiriente. Su cara mostró todo lo desagradable que una mala persona puede albergar.
Todos sus compañeros rieron y también dijeron cosas sobre mí.
Yo me levanté en silencio,los miré y entre a la escuela.
Sí como todos piensan, el líder estaba en mi aula y era temido por todos, menos los de su grupo, que siempre estaban al tanto para reír todo lo que su boca dijera.
La señorita Gómez me presentó al resto de la clase, dándome así la bienvenida.
– Esta es la nueva alumna. Su nombre es Susana Delgado.
Para mi desgracia, mi apellido era como una burla más a mi humanidad.
Del fondo del aula surgió la voz.
– ¿Delgado, esa gorda asquerosa?
Ahora fue toda el aula. Todos se reían de mí.
Yo parada ante ellos, los miré con lástima. No sabían de lo que era capaz. Pero ya aprenderían con el tiempo.
La maestra reprendió a la voz como de incognito y la broma quedó en el aire flotando y golpeando las paredes repletas de afiches.
La profesora me asignó un lugar en medio del aula.
Las compañeras a mi lado se movieron lejos de mi asiento. Yo ignoraba todo cuanto hacían.
Llegó la hora del almuerzo y en la fila para la comida se me puso detrás el gracioso.
Sus amigos detrás del jefe.
Comenzaron a decirme cosas. Yo me mantenía como si conmigo no fuera y esa actitud, envalentonó al gallito.
– ¿Además de gorda eres sorda?
Me hice la sorda de verdad y esto no se si le molestó o le hizo creer que ya tenía la batalla ganada.
Tomé mi bandeja y me dispuse a sentarme mientras a mis espaldas, seguían los comentarios ofensivos hacia mi persona.
Me senté en una mesa al fondo. Yo sola. Sabía que nadie deseaba mi presencia y no me gusta imponerla.
Al rato se acercó un niño, bueno era mas o menos de mi edad, pero muy delgado, con muchas pecas en la cara y lentes.
Se paró ante mí y tuve que levantar mi cabeza, pues su mirada pesaba más que yo.
Lo miré y vi que no venía con animo de ofender. Le di mi mejor sonrisa y me preguntó.
¿Me puedo sentar contigo?
Pasaron por mi mente mil ideas diferentes, pero la voz de aquel niño encerraba más miedo que ganas de ofender. Lo sentí como alguien abusado que no se sabe defender.
– Claro, todo el que quiera se puede sentar acá conmigo.
Tomó asiento y me dio una sonrisa.
– No creo que muchos vengan a sentarse aquí.
Lo miré extrañada.
Me volvió a sonreír diciendo.
– Ese que se mete contigo, es Raúl, todos le temen. Hasta los que andan con él. Tú no le has caído bien, así que todos te van a dar la espalda.
No pude contener mi pregunta.
¿Y cómo tú vienes a mi mesa? ¿No le tienes miedo?
El niño bajó su cara mirando su comida. Tardó en contestar.
– Sí yo también le temo, no soy valiente, pero creo que tú eres una buena persona y yo deseo ser tu amigo.
Me brindó su mano, diciendo su nombre.
– Me llamo Luis.
Era una mano pequeña y fina, huesuda, pero cálida y sincera.
La estreché con cuidado, pues temí partirle un huesito.
– Gracias Luis, yo soy Susana. ¿Tú no estás en mi clase? No te vi.
– No Susana, estoy un grado arriba del tuyo ya estoy en un grado arriba del tuyo..
Seguimos conversando hasta que sonó la campana que anunciaba volver a clases.
La tarde pasó sin mas incidentes. El brabucón se olvidó de mí y yo me sentí en la gloria.
Al salir, mi padre me esperaba en su camioneta. Subí y cerrando la puerta, él arrancó.
-¿Cómo le fue a mi niña su primer día en la escuela nueva?
Lo miré y vi el amor que me sentía reflejado en sus verdes ojos.
– Muy bien papi. Me fue muy bien.
Para que decirle que se metieron conmigo. Ya él tenía bastante preocupaciones con la enfermedad de mi hermano menor que tenía leucemia y por esa razón nos habíamos trasladados a la capital.
La llegad a casa fue bien. Eramos una familia común, con buenos y malos ratos. Mi madre era una mujer de gran temple y siempre decía que su hijo se iba a curar y que todo iba a estar bien.
Lo decía con tanta fuerza que yo le creía.
Los días iban pasando y el tal Raúl tenía otras personas con las que se metía y por tanto algunos días yo me encontraba libre de sus burlas.
Mi notas eran las mejores, pues no era muy inteligente, pero si me ponía a estudiar con muchas ganas de sacar mas del aprobado y siempre lo lograba.
Luis siempre almorzaba conmigo y conversábamos bastante. Ya sabía de él y de su familia y él conocía el problema que teníamos en casa.
Un día al salir mi padre no estaba esperando por mí. Lo esperé un buen rato y al fin me decidí a caminar hasta mi casa.
Vivía a más de diez cuadras de la escuela y debía pasar por un terreno donde estaba una casa en ruinas. Los vecinos habían ido tirando allí, todo aquello que ya no le servía ni era útil. Pasar por delante de aquella casa inspiraba miedo.
Cuando llegué frente al lugar en vez de andar de prisa como hubiera sido lo normal, disminuí el paso. Me puse a mirar la fachada totalmente destruida, con las ventanas sin un solo cristal, en fin, era perfecta para filmar una una película de misterio.
Nunca había sido miedosa. Es más, mi padre siempre decía que tenía el valor de un hombre. Y para nada se arrepentía de su hija, pues me adoraba y yo a él. Pero decía que era tan valiente y arriesgada como él mismo.
Esas cosas hacían que mi cariño por mi padre creciera cada día. Era un hombre que sufría en silencio la enfermedad de mi hermano menor y era muy poco lo que podía hacer por su hijo.
Con todas estas ideas en mi cabeza me detuve un instante. O sería que le destino así lo quiso.
Escuché como un llanto, o mejor dicho era como un quejido, muy bajito. No supe al principio si era de un animal o un ser humano.
Presté más atención y poco a poco me fui adentrado en la propiedad.
Ya pegada a la pared, oía mejor el quejido y supe que era una persona la que se quejaba.
Solté mi mochila y empujé la puerta medio destruida.
Dentro ya la oscuridad empezaba a tomar posición. Escuché con más atención y detecté de donde venía el gemido.
Tratando de no hacer ruido me fui acercando a la pared que me impedía ver quien se quejaba.
Me asomé por el marco de una puerta y vi pegado a la pared un bulto que casi no se movía, pero su voz era el anuncio del dolor.
Me acerqué al instante y vi que era Luis.
Se asustó al escuchar mis pasos. Miró hacia arriba, pero sus ojos cerrados por la hinchazón de los golpes recibidos, no me pudieron reconocer.
Levanté mi voz para que supiera que era yo.
– Está bien Luis, soy yo Susana, te voy a sacar de acá.
Lo fui a levantar y un gritó me hirió el tímpano.
-Creo que tengo unas costillas rotas. Si me mueves me harás mucho daño.
Tienes que pedir ayuda.
Lo miré y ahora fui yo la que no lo veía, mis lágrimas empañaban su imagen.
Tomé aliento y le dije.
– Voy a buscar ayuda Luis. Volveré lo antes posible. No te muevas.
No tenía que haber dicho la última frase.
Salí de aquel lugar y corrí hasta mi casa. Mi cuerpo inmenso se resistió al principio pero mis ansías de ayudar a mi amigo, me hicieron correr como la mejor atleta.
Llegué a mi casa, entré como una loca. Daba gritos llamando a mi padre.
Éste acababa de llegar del hospital con mi madre y hermano. Hoy le empezaban un nuevo tratamiento y por eso mi padre no pasó a buscarme. Lo había olvidado todo.
A mis gritos, sin aire en mis pulmones, toda la familia se asustó.
– ¿Qué te ha sucedido hija? ¿Qué te han hecho?
Mi madre detuvo lo que hacía y acudió a mi lado.
– Estás bien Susana?
Me tuve que sentar en el sofá de la sala. Me costaba mucho trabajo respirar. No me salían las palabras.
Durante unos minutos, todos me miraban esperando que dijera algo.
Cuando ya mis pulmones se habían oxigenado pude hablar.
-Yo estoy bien, pero mi amigo Luis está en la casa abandonada. Creo que lo han atacado unos ladrones y está en mal estado. Traté de levantarlo y el dolor me hizo desistir de la idea. Papá necesito que lo ayudes, es el único amigo que tengo en la escuela.
– Claro hija. Vamos para allá.
Se detuvo a mirar a mi madre que preocupada nos miraba a ambos.
– Dalia, tu llama una ambulancia y dales la dirección. Creo que serán mas útiles que nosotros.
Salimos en la camioneta con rumbo a la casa abandonada. Al llegar guié a mi padre hasta donde había dejado a Luis.
Allí estaba, era un bulto que ni forma humana tenía.
– He traído a mi padre, Luis, él nos puede ayudar.
Levantó su cabeza y con lágrimas asintió con la cabeza.
-A ver muchacho si te puedo levantar sin lastimarte mucho.
Mi progenitor era un hombre fuerte, de anchas espaldas y brazos poderosos.
Levantó a Luis como si fuera de papel. Éste se quejó pero aguantó el dolor. Así lo pudimos sacar hasta la acera.
Ya la tarde empezaba a caminar al ocaso, la luz del día era débil, tan débil como Luis.
Con Luis en brazos de mi padre sentimos el sonido inconfundible de una ambulancia que a los pocos minutos se detenía ante nosotros y en menos de lo que me hubiera imaginado ya tenía a mi amigo en una camilla. Lo subían al vehículo y arrancaban haciendo el mismo ruido que cuando llegaron.
Miré a mi padre y lo vi angustiado. El peso de todo su dolor era mas fuerte que su entereza y a veces notaba que flaqueaba.
– ¿Podremos ir al hospital?
– Claro hija, pero si sabes dónde vive tu amigo, creo que es mejor, avisar a su familia. ¿No crees?
– Verdad papá. Vamos yo te indico por donde vive, aunque no me sé bien la dirección.
– No te preocupes, encontraremos su casa. Su familia debe estar preocupada.
Dimos una cuantas vueltas hasta que ubiqué por donde mi amigo me había dicho que vivía. Me decía que su casa era la más grande de la cuadra. Pero nunca me mencionó que hacían sus padres.
En verdad era una gran mansión.
Mi padre me acompañó hasta la puerta. Toqué el timbre y me recibió una criada con uniforme y todo.
Mi cara de asombro creo que la asustó o tal vez al verme tan grande y tan gorda.
Mi padre preguntó por los padres de Luis.
La mujer nos seguía mirando de forma rara.
– Necesitamos hablar con la madre de Luis, ha tenido un accidente.
Yo a veces no me podía contener y por eso mi padre me abrió los ojos.
Detrás de la sirvienta, asomó la cabeza de una hermosa mujer.
Tendría la edad de mi madre, pero parecía mucho más joven.
La empleada se puso a un lado y la mujer apareció por completo ante nosotros.
– A dicho que Luis tuvo un accidente. Su voz era débil y su mirada reflejaba la inmensa preocupación que la ocupaba en ese momento.
– Señora, su hijo ya está camino del hospital, la ambulancia lo está trasladando. Parece que alguien lo asaltó y le golpeó, pero está bien.
La hermosa mujer se recostó al marco de la amplia puerta. Su cara se puso blanca y pensé que iba a caer al suelo.
La mano de mi padre agarró su brazo e impidió la caída.
-¡Está bien señora?
Ell recuperó un poco de su color, y mi padre le soltó el brazo.
-Disculpen, mi nombre es Amada.¿Quienes son ustedes?
No me dejó decir palabra. Mi padre al momento la puso al corriente.
Amada me miró como si me viera por primera vez.
-Sí tú eres Susana, Luis siempre habla de ti.
Me di cuenta que Luis nunca mencionó que era gorda.
Mi padre volvió a tomar las riendas.
– Nosotros vamos para el hospital. ¿Si desea ir con nosotros? No creo que deba conducir en estos momentos.
Ella lo miró y vi en sus ojos la misma calidez de los ojos de Luis.
– Se lo agradezco señor…
-Discúlpeme, mi nombre es Andrés.
– Vamos por favor vamos. Necesito ver a mi hijo.
Nos montamos los tres en la camioneta. La señora no iba vestida como para montar en una camioneta, pero ni se incomodó al subirse con destreza y gracia a la vez.
El corto camino al hospital se hizo en el mayor y más ruidoso de los silencios.
Al llegar y parquear, no dirigimos a preguntar por Luis.
No mas entrar al recinto, las enfermeras saludaron a la señora con cariño y admiración.
Enseguida un médico algo mayor que ella, se le acercó, la abrazó y le dijo.
– Nuestro hijo está bien. Le están haciendo rayos x. Al parecer tiene una o dos costillas fracturadas y golpes en toda la cara. Pero te aseguro que estará bien.
Se viró a mi padre y ofreciendo su diestra le dijo.
– Manuel. Usted debe ser el que llamó a la ambulancia y socorrió a mi hijo Luis. Se lo agradezco de corazón.
Mi padre estrechó la mano de quien ya era su amigo.
-Encantado, soy Andrés el padre de Susana.
El médico se dio vuelta y sus ojos claros me llenaron de infinita ternura.
– Tú tienes que ser Susana, Luis habla mucho de ti.
En sus ojos no había ni gota de asombro por verme grande y gorda.
– Me disculpan, les tengo que dejar. Voy a ver cómo está mi hijo.
La señora nos miró con cariño y dirigiéndose a mí dijo.
– Deben volver a su casa. Yo misma les llamaré en cuanto sepa de Luis.
– Le dejo mi número. No me dejó terminar.
– Yo lo tengo, Luis me lo dio. Tengo los números de sus pocos amigos. Les llamaré en cuanto sepa de mi hijo.
Muchas gracias por lo que han hecho. esto no lo olvidaré nunca.
Me propinó un fuerte abrazo que me tomó desprevenida.
Soltándome le ofreció la mano a mi padre y reiteró nuevamente sus gracias.
Volvimos a casa en el mismo silencio que habíamos hecho el viaje al hospital.
Al llegar tuvimos que poner a mi madre al corriente de todo.
La cena fue sin gota de apetito. Al terminar mi padre me llamó a la sala donde ya mi madre estaba sentada en una butaca y me dijo.
– Tengo que hablar contigo seriamente.
Abrí mis ojos y no pude adivinar que me iba a decir.
– Siéntate cariño. Lo que hiciste hoy fue una imprudencia.
– Papá. No me dejó seguir la frase.
– Escucha y luego hablas. Fue una gran imprudencia. Tú no sabías si la persona que atacó a tu amigo, aun estaba dentro de la casa. Te hubiera podido hacer daño a ti también. Sé que es tu amigo y por eso lo hiciste. Solamente te pido cuidado cuando tengas que volver a ayudar a un amigo.
– Lo entiendo perfectamente, pero tú me has instruido en las artes marciales desde que tenía cinco años. Dices que poseo un alto grado si se me hiciera un examen en cualquier escuela de artes marciales.
Si me hubiera encontrado con alguien, no me hubiera hecho lo que le hizo a mi amigo Luis. Te lo aseguro papá.
– Recuerda hija, lo que te he enseñado solamente es para defenderte cuando veas que es necesario, no para hacerle daño a nadie. ¿Lo recuerdas siempre?
Lo miré y pasaron por mi mente en un instante miles de escenas donde siempre era tratada mal por los demás y me tenía que contener con todas mis fuerzas para no atacar a quienes me atacaban.
– Lo sé padre y sabes que me sé contener. Tú sabes que es así.
-Muy bien mi amor. No hablemos más de este desagradable incidente y esperemos que tu amigo se recupere satisfactoriamente y quien hizo esta felonía no quede impune.
-Estoy de acuerdo contigo papá. Ojalá y encuentren la persona y pague por lo que hizo. Luis es una buena persona.
Sonó el timbre del teléfono y corrí a contestar.
Era la mamá de Luis. Nos llamaba para informarnos que su hijo tenía dos costillas fracturadas y golpes en toda su cara, pero nada más grave. No habían lesiones internas. Me volvió a dar infinitas gracias y se disculpó pues tenía que atender a Luis.
Le di yo también las gracias por llamar y colgando el auricular, le informé a mi familia de como estaba mi amigo.
Esa noche me costó trabajo dormir. Tuve pesadillas. Me veía dentro de la casa abandonada y me perseguían cuatro personas que reían al verme correr y tropezar con todo a mi paso.
Desperté bañada en un sudor pegajoso.
Era sábado y no había escuela.
Después de desayunar, mis padres se quedaron conversando en la sala. Yo sentada afuera en la terraza, alcanzaba a oír lo que hablaban.
– Ya el seguro le dijo al hospital que ellos no pagan el nuevo tratamiento de nuestro hijo.
– No te preocupes mujer, aun me queda algún dinero de la venta de nuestra casa.
– Viejo debía alegrarme tu optimismo, pero me apena que me quieras engañar. No queda casi nada de ese dinero. Tu trabajo y ni yo saliendo a trabajar podríamos costear el nuevo tratamiento de nuestro hijo.
– Sabes, siempre pienso positivo y ser así me ha ayudado en toda mi vida. No voy a cambiar ahora.
Si Mario, mi hijo se salva con ese tratamiento. No temas mujer. Yo conseguiré la forma de pagarlo. Te lo aseguro.
Sentí que el piso se abría bajo mis plantas. Amaba a mi pequeño hermano. Siempre lo había visto sano y de un día para otro enfermó y ya no volvió a ser el mismo. Cada día comía menos y sus huesos se iban marcando bajo su delgada y amarillenta piel.
Pero siempre tenía una sonrisa para mi. Yo lo abrazaba con sumo cuidado y le decía cuanto le quiero, mil veces al día.
¿Por qué pasaban estas cosas en la vida? Mi padre y madre eran buenas personas. Honrados, trabajadores y gente de bien. ¿Por qué la vida le ponía esta trampa?
No lo entendía y renegaba de la vida por estas jugadas sucias.
Pasaron los días y visité a Luis en su casa, donde ya se restablecía.
Sus padres eran personas muy agradables y a pesar del inmenso lujo que se respiraba en toda la casa, me trataban con cariño y amor.
– ¿Luis, quien te hizo esto? ¿Quién te atacó?
Mi amigo me miró y bajó la vista.
El silencio de hizo dueño de nosotros. Pasados unos minutos. Alzó la cabeza y me respondió.
– No pude ver quien fue. Al pasar frente a la casa, sentí que me llamaban y entré a ver si pensarlo.
Allí alguien me atacó. De un solo golpe me tiró al piso y una vez caído comenzó a darme patadas sin parar.
-¿Pero no oíste su voz, no hablaba mientras te atacaba?
Me volvió a herir su mirada y vi un miedo horrible al borde de sus ojos.
– No te preocupes, ya lo encontraran y le darán la pena que se merece.
Seguimos conversando hasta que me tuve que ir.
En la escuela la noticia corrió de esquina a esquina. No hubo rincón donde no dejara la nota amarga de la cobarde agresión a un niño, pues a pesar de tener unos quince años, por su talla y estatura, Luis parecía un niño.
El chico malo se mantuvo sin molestar, ni a mí ni a nadie mas.
Tal vez la noticia de lo sucedido a Luis le había abierto algún canal de bondad.
Pasaron los meses y Luis volvió a la escuela. Ahora lo traía y lo llegaba un chófer, contratado por su padre.
Al tiempo la bondad que podría haber afectado a Raúl terminó y volvió a la carga y la primera en su lista fui yo.
Salía de clases ya para irme a casa y estaba fuera con su pandilla.
Yo esperaba a mi padre.
Se me acercó y me dijo.
-Gorda de mierda, como sigas visitando al mariconcito de tu amigo. Vas a ver lo que te pasa.
Lo miré y mi vista se opaco por completo. Apreté mis nudillos y me dirigí a él como nunca lo había hecho.
– Yo soy amiga de quien me da la gana. Le iba a seguir diciendo cosas cuando sentí la voz de mi padre que me llamaba.
Todos quedaron callados y yo me monté en la camioneta.

Mi primer cuento.