Cuarta y última parte de Bullying
Nos acostamos después de la una de la madrugada. Los padres de Luis no habían llegado.
Dormí en el cuarto de huésped que era dos veces el cuarto mío. No tuve un buen sueño. Dormía a cortos ratos y me despertaba sobresaltada.
¿Estaba bien la acción tomada por mí? ¿Era esa la solución correcta?.
Las preguntaban golpeaban mi frente y dentro de mi cabeza era un caos total.
No lo pensé. Tal vez obré sin atenerme a las consecuencias. No, los ojos se negaban a cerrarse y si lo lograba por unos minutos, mi despertar era abrupto.
Llegó la luz del día. Empecé a oír ruidos en la casa, los cotidianos de un despertar normal.
¿Para mí, volvería todo a la normalidad? Mi preocupación mayor, era enfrentarme a la mirada de mi padre y tener que mentirle. No le iba a contar nada. Los mayores no nos entienden a cabalidad.
Este sería mi secreto, bueno, el mío y de Luis, que todo sabía.
La madre de Luis, tocó la puerta y con dulzura me anunció que el desayuno estaba listo.
Me puse mi ropa rápidamente y bajé al comedor.
Allí estaba Luis y su madre. Se levantó y vino a darme un abrazo.
-Me alegra mucho que te hayas quedado anoche con Luis. Nosotros volvimos muy tarde.
-Lo pasamos bien y conversamos mucho. Luis es un gran amigo.
Ella brindó su mejor sonrisa. Miró a su hijo y su mirada estaba cargada de toda la dulzura que una madre puede albergar en su ser.
-Bueno a desayunar, que les dejaré en la escuela.
Llegamos al plantel temprano, pero ya vimos grupos donde la gente hablaba y miraba para todos lados.
Luis se acercó a un grupo de su clase y preguntó:
-¿Qué sucede, porque todos comentan y se miran entre sí?
– ¿No sabes lo que pasó anoche en la casa abandonada?. Si darle tiempo a Luis a responder su pregunta, siguió hablando rápidamente.
-Anoche encontraron allí al abusador de Raúl. Parece ser que le golpeó el mismo individuo, que te golpeo a ti.
Por esa razón todos estamos nerviosos. Puede ser un psicópata.
Luis me miró y yo bajé la vista.
Al empezar las clases los profesores hablaron a sus alumnos y les pidieron de favor, que bajo ninguna circunstancia, fueran a entrar en la casa abandonada.
Ya la policía estaba tomando cartas en el asunto.
Se me erizó toda la piel. ¿La policía? Y si descubrían que había sido yo? Me serené yo misma, diciendo que todo estaba bien.
Los días pasaron y los agentes de orden vinieron varias veces a la escuela para conversar con nosotros y decirnos como nos debíamos cuidar y de entrar a la casa abandonada, por nada del mundo. Estaba terminantemente prohibido.
Raúl se iba recuperando. Por lo que decían los demás, le habían fracturado un brazo, rotos tres costillas. Estaba lleno de golpes y moretones.
Les voy a decir la verdad. Al principio sentí pena, me sentí mal, pero ese sentimiento fue muy efímero.
Me puse a pensar y me dije que las personas como él no entienden de palabras ni de razonamientos. Hay que combatirlos con las mismas armas que ellos usan. La violencia. Sólo el miedo los puede detener. Si no temen, seguirán haciendo daño.
No sé si es un buen ejemplo lo que doy, pero es la verdad de lo que siento.
En mi casa mi padre no se ocupó mucho de mi persona. Mi hermano Angel iba empeorando cada día y todo en mi hogar giraba en torno a su enfermedad y a su tratamiento. Creo que mi padre ni se enteró de lo que le había sucedido a Raúl. Yo por mi parte, no hice ni el menor comentario.
También me dolía mucho ver a mi hermano como la muerte se iba adueñando de él cada día que pasaba.
El padre de Luis nos citó una mañana en el hospital, para hablar con nosotros. Le pidió de favor a mi padre que estuviéramos los tres.
Mi hermano estaba recibiendo su última terapia.
El padre de Luis era un hombre bondadoso. Nos hizo entrar en su despacho, cerró diciendo a su secretaria que nadie le molestara.
– Por favor siéntense.
Mi madre no soltaba el brazo de mi padre.
Los miré a ambos y vi que habían envejecido diez años en unos meses. Se veían gastados por el dolor y el sufrimiento. El corazón se me estrujó en el pecho.
-Voy a ser muy claro con ustedes, no deseo ser rudo. Solamente deseo ser lo más objetivo posible.
Mi madre ya sentada al lado de mi padre, no le soltaba la mano.
-su hijo no ha respondido al tratamiento como se esperaba. Al contrario, la enfermedad al verse atacada, se ha hecho mas fuerte y está minando su cuerpo.
– Doctor, me está diciendo que no hay nada que hacer. Que mi hijo tiene que morir.
-Todos tenemos que morir. Pero yo no deseo hablar de muerte, sino de otra posibilidad. No les estoy dando esperanzas, no. Lo que quiero es luchar hasta el fin.
Mi madre levantó su cabeza y todos la miramos.
– Usted me está hablando como si fuera su hijo. Yo lo siento así.
Miré a mi padre y pensé que mi madre estaba volviéndose loca.
La respuesta del padre de Luis me dejó helada.
– Señora, yo he estado al lado de su hijo en las terapias a donde usted no puede entrar. He conversado mucho con ese niño, que habla como si fuera mayor.
Mi padre se puso de pie. Mi madre le tuvo que soltar la mano.
El médico le miró con afecto.
– Él no le tiene miedo a la muerte. Solamente siente miedo por su familia. Dice que quedarán destrozados con su ida.
A mi padre se le salían las lágrimas. Nunca lo había visto llorar, nunca.
-Por favor tenemos que serenarnos y estar conscientes de lo que vamos a hacer.
Mi progenitor se sentó y tomó la mano de su esposa.
– Usted dirá doctor, dijo con una voz que no era la suya.
– Lo último que nos queda es un trasplante de médula.
-Yo puedo ser el donante, no hay ningún problema.
Era el hombre de la casa. El se ofrecía primero. Lo admiré en silencio.
El doctor nos miró . Meneó su cabeza y nos dijo.
– Les voy a explicar como son las cosas. por favor presten mucha atención.
Quedamos parados en ese segundo.
– La leucemia del niño es muy rara, y por lo tanto muy difícil de combatir. Tenemos que encontrar un donante, primero que sea compatible.
Ahora miró fijamente a mi padre y le habló a él solamente.
-Porque usted sea su padre, no significa que pueda ser compatible, pero además de la compatibilidad, deseo encontrar en el donante una serie de características muy especiales.
No va a ser fácil encontrarlo. Pero pondré mi mayor empeño en encontrarlo. Se los aseguro.
Los tres se deben hacer los estudios, y solamente los resultados nos dirán si entre ustedes está quien pueda ayudar a combatir la enfermedad de su hijo.
Deseo que mañana estén acá temprano en ayunas para iniciar las pruebas. No podemos darle un segundo de más a la enfermedad.
¿Alguna pregunta?
Los tres nos pusimos de pie a la misma vez. Mi padre me abrazó y abrazó a mi madre.
– Lo entendemos todo, doctor y no sé como darle las gracias por su interés en mi hijo.
– No me diga nada. Pero quiero dejarles algo muy claro. No les estoy dando una esperanza, les estoy dando una oportunidad de vencer y creo que esa no debemos dejar de aprovecharla.
Les espero mañana para empezar a luchar por su hijo.
Nos volvimos a casa sin decir palabra, además ya mi hermano iba en la camioneta con nosotros.
estaba cansado, marchito.
La cena también se hizo en silencio.
Mi madre dijo algo que me hizo sonreír un poco.
– No me digan que no tienen hambre. Debemos comer y estar en forma para poder dar lo mejor de nosotros en esas pruebas que nos harán mañana. Si alguno de nosotros es el elegido, los otros solamente se sentirá orgullosos de quien sea.
– Gracias querida. Tienes una fuerza especial.
Otra noche casi en vela. Creo que me vine a dormir cuando sonó el reloj en el cuarto de mis padres.
Nos fuimos sin desayunar y una amiga de mi madre se quedó con mi hermano.
Las pruebas fueron rápidas y fáciles. Ahora venía la tensión. Teníamos que esperar un día para saber los resultados.
No fui a la escuela. Llamé enferma y también hable con Luis. Ya estaba al tanto de todo.
Su papá le contaba como estaba mi hermano y él sabía de su frágil condición.
El día fue el más largo que me tocaba vivir. Miraba el reloj cada segundo. Mi padre tampoco asistió a su trabajo.
Me metí en mi cuarto y me tiré en la cama. Al rato estaba dormida. Tuve sueños o pesadillas, pero al despertar, no recordé nada.
Cenamos como debe cenar el condenado a muerte la noche antes de su ejecución.
En la mañana temprano nos dirigimos al hospital.
Manuel, el padre de Luis nos esperaba en su oficina. Entramos en fila y cerramos la puerta
– Siéntense por favor. Deseo ser muy claros con ustedes. A veces los médico pecamos de ser crudos, pero ahora no nos sobra tiempo para andarme por las ramas.
Ninguno de los tres es compatible con su Angel.
Al decir el nombre de mi hermano, se me fueron todas las fuerzas del cuerpo.
Mi madre se puso de pie y en un instante perdió toda su compostura.
– No puede ser, no puede ser, es mi hijo, tiene que ser compatible con su madre. Tienen que estar equivocados.
Creo que toda la tensión que tenía dentro desde el principio de la enfermedad de mi hermano, salí ahora como lava de volcán.
Mi padre se paró y la abrazó fuertemente. Cálmate cariño, por favor debemos escuchar lo que dice el doctor. No la soltó.
El galeno continúo su charla.
– Entiendo perfectamente lo que piensa usted Clara.
Ya ni recordaba como se llamaba mi madre, siempre le había dicho madre o mamá.
– La realidad es que no son compatibles. Ya he hecho circular un aviso en todo el hospital, pidiendo donantes. Personas que se hagan las pruebas a ver si encontramos a alguien. Ustedes hablen con sus amistades y parientes, amigos, conocidos y digan que necesitan un donante.
Mi padre soltó un poco a mi madre y dijo.
– Doctor no somos de aquí conocemos muy pocas personas. Pero hasta a los perros en la calle, les hablaré a ver si convencen a sus amos de que se hagan esa prueba.
La charla se fue dando mas fácil, pero mi madre no dijo ni una palabra más.
Yo hice una campaña en la escuela. Ninguno de mis compañeros de clases respondieron, ni los profesores, sin embargo las cinco mujeres que trabajaban en la cocina y la limpieza, se presentaron al hospital sin decirme ni palabra. Cuando yo me enteré corrí a la cocina y llorando a moco tendido las abrazaba y las besaba a todas. Se disculpaban de no haber podido ayudar, pero solamente la acción que habían tenido, para mi era el mejor regalo que me daba la vida.
Ellas tampoco eran compatibles.
Mi hermano Angel, mejora un día. El color volvía a sus mejillas, se reía con nosotros, pero al siguiente, amanecía blanco como la sabana y sin animo para nada.
En el hospital, dos enfermeras que habían tratado a Angel en sus días de terapia, también se hicieron la prueba y como todos resultaron incompatibles.
Pasaron muchos días y no surgía nada.
Una tarde Manuel, el padre de Luis, llamó a la casa. Yo salí al teléfono.
-Hola Susana, por favor dile a tus padres que mañana los espero a los tres temprano en la mañana en el hospital. Ahora te tengo que dejar, entro al quirófano. Tengo una operación de urgencias. Colgó. Y yo quedé colgando del aire.
Mi padre me pasó por al lado y al verme me preguntó
– ¿Quién llamo mi amor?
– Doctor Manuel. Nos quiere ver a los tres mañana en su despacho.
Mi madre desde la cocina escuchó algo y vino al vuelo.
-¿Qué dijo el doctor Susana? Dinos cariño.
-Sólo eso mamá, que mañana teníamos que estar en su despacho temprano. Tenía una cirugía de urgencia y me colgó sin decir nada más.
– ¿Qué será Andrés? ¿Será?
Mi padre no la dejó continuar.
– Clara lo que sea, nos lo dirá mañana. Por amor a Dios no te pongas a hacer conjeturas.
Otra noche en vela. Ni sueños ni pesadillas. Me sabía cada milímetro del techo de mi habitación.
Temprano salí para hacer café. Ya mi madre y mi padre estaban en la cocina y todo estaba listo.
ellos casi ni probaron bocado.
Yo quise romper ese estado de ansiedad y les dije.
-El padre de Luis no que teníamos que ir en ayunas.
Mi padre me sonrío y mi madre me miró como si no me viera.
Entramos en la oficina del director que ya nos esperaba.
Esa escena ya era repetida y cada uno sabía su papel y su posición.
Una vez acomodados Manuel nos miró a cada uno de nosotros.
-Les tengo que decir algo muy importante.
-Por favor doctor, no le de mas vueltas. Creo que voy a morir.
-Ahora no se muera Clara, ahora no. Hemos encontrado al donante perfecto y casi les puedo asegurar que su hijo Angel saldrá de ésta. Este donante posee las mejores condiciones para combatir la enfermedad de Angel. Nunca pensé que hubiera alguien con esas cualidades.
-¿Quién es el donante, señor? Mi voz sonó ida, como dicha a muchas millas de distancias.
– No lo vas a creer Susana. El donante es mi hijo Luis. Desde un principio se ofreció y al ver que no aparecía nadie me insistió y resultó el mejor candidato para ayudar a tu hermano Angel.
Mañana empezamos todo el proceso y estoy casi seguro que su hijo se recuperará por completo.
Señor Andrés por el dinero del tratamiento no se preocupe, mi esposa y yo correremos con todos los gastos y no admito ni una palabra.
Les veo mañana con el niño. Empieza una nueva vida para él.
Fin