Lazo Rosado.
Es tarde, la noche envuelta en penumbras.
La calle desierta guarda los pasos sin contarlos.
De una ventana se proyecta una luz que batalla con las sombras.
Se escucha un tarareo y las notas vagan en el tiempo.
Los rincones agrupan las notas en fluorescente pentagrama.
El cártel del bar pestañea anunciando su fin.
Cubos de agua se arrojan a la calle, para borrar pecados.
El tugurio vomita una sombra que tropieza con lo oscuro.
Pegada a la pared, repone fuerzas, aspira hondo,
abre sus ojos sin ver la realidad que la envuelve.
Negra como su vida, si, eso es vida.
Una mueca mustia anida en sus labios.
En su lento andar, toma las tinieblas de muletas,
se enreda en ellas, cae de rodillas besando el suelo.
Recuesta su cabeza al muro de lamentos,
lo humedece con llanto, llanto silencioso, duro.
Al fin toma fuerzas, se yergue, se endereza como alambre,
logra andar unas cuadras hasta llegar a su morada.
Ha sido una noche más, una de tantas como para no recordar.
Así pasa su vida en ir y venir, en mirar y no ver, en ir muriendo.
En la sala, negrura total, la luz ausente, vacío.
Anda en medio de los muebles, se sabe el camino.
La alcoba posee la débil luz que hería la calle solitaria,
como grito desgarrador de perdida esperanza.
Se tira en la cama, no dice palabra, mutis total.
Mira al techo sin verlo, pestañea para espantar el miedo,
con ridícula torpeza se arranca la peluca,
su cráneo sin cabellos refleja las sombras.
Sentándose en la cama se va desvistiendo, en cámara lenta.
Ya casi desnuda, con dificultad se pone de pie,
sólo el sostenedor la adorna, con infinita ternura lleva atrás sus manos
desabrocha el brassier, de encajes y flores, joya de lencería.
Lo saca del pecho con rabia, se mira al espejo
se palpa el lugar donde debía estar su seno.
Ahora hay vacío, una ausencia total.
La débil luz se extingue y un llanto sordo raja la noche.
Autor.
Jorge Luis Seco