¿Mamá, cuando sea grande que voy a ser?
La mujer detuvo su quehacer en la cocina, se secó las manos con un paño y tomó asiento para responder la pregunta del pequeño que no tenías más de cuatro años y se expresaba correctamente, tanto, que a veces sus padres pensaban que era la encarnación de un ser muy viejo.
Ella le arregló un poco el cabello rebelde, pasó su dedo por su mejilla y con una tierna sonrisa se dispuso a contestar tan problemática pregunta.
– Cariño, cuando tú seas grande podrás ser lo que tú quieras.
– ¿Seguro, lo que yo quiera? El niño era activo y su mente trabajaba de prisa.
– Sí amor, lo que desees ser, pero ahora escucha sin interrumpirme, no hables hasta que mamá no termine de hablar, porque así lo entenderás todo. Luego me puedes preguntar lo que quieras y mamá te responderá.
Le miró a la cara, donde ya se pintaban mil preguntas. Los cuatro ojos se encontraron y se selló un pacto de entendimiento.
-Muy bien, cuando vayas creciendo, irás tomando de la vida, las cosas necesarias, para ir pensando que vas a ser al final. Tú mismo te vas a ir llenando de cosas e ideas, que podrás ir cambiando hasta que encuentres las mejores para ti, que no tendrán que ser las mejores para otros.
El niño miraba a la madre con atención de adulto. Sus ojos tenían un brillo que dejaba ver el amor que sentía por el ser que le hablaba.
La madre le sonrío y continuó la charla.
Tanto tu padre como yo siempre vamos a estar a tu lado para darte apoyo en todo lo que tú desees ser. Con nosotros podrás contar siempre, pues te amamos y amar, significa estar con la persona amada siempre.
¿Me vas entendiendo?
Él le miró muy serio, hizo una mueca con su boca y le dijo.
– Te entiendo casi todo mamá y me gusta lo que vas diciendo.
Ella le regaló su mejor sonrisa y siguió hablando. Parecía la charla de dos personas adultas.
El silencio en la cocina era mágico y la cara del niño, la hubieran deseado pintar cualquiera de los grandes retratistas de siglos pasados como, Fernando Yañez de la Almedina, Tiziano Vecellio o el español Diego Velázquez. Su cara era lo que los escritores llaman «un poema»
La mujer sin dejar de mantener el contacto visual, continuó su charla.
– La vida es algo maravilloso, que irás descubriendo a medida que los días van pasando. Habrán cosas buenas y también cosas malas.
La cara del niño hizo un mohín de disgusto.
La mujer, tocó su cara con infinita ternura para que ese gesto se suavizara un poco.
– Es así mi amor, no siempre todo es felicidad y alegrías, la vida tiene de todo y todo lo que nos va pasando en el camino, es para ir aprendiendo.
Tu papá y yo deseamos para ti lo mejor y que cuando seas grande puedas ofrecer a los demás lo bueno que hay en ti siempre.
Tendrás muchas cosas por las que decidir ser cuando seas como papá.
Le sonrió con ese amor que solamente las madres saben brindar. Le alborotó el pelo y le preguntó.
– Bueno, ya sabes que deseas ser cuando seas grande.
El pequeño se puso de puntillas para parecer mas alto y con una sonrisa le dijo.
– Sí mamá ya sé que quiero ser cuando sea grande.
– Pues dime que serás.
– Seré la persona que cuide de ti y de papá cuando ustedes sean viejitos como los abuelos de mi amigo Pablito. Yo no dejaré que se los lleven de mi casa a vivir solos en otra casa y nadie les visite. No, yo estaré siempre con ustedes. Eso es lo que quiero ser cuando sea grande.
La mujer con lágrimas en los ojos se abrazó a su pequeño hijo y muy quedo le dijo.
-Gracias hijo, gracias.
Autor.
Jorge Luis Seco