Mi padre
Tuve por suerte, hoy lo reconozco así, un gran hombre como padre. Cuando niño, no pensaba igual. Un padre magnífico y una madre extraordinaria, fuera de serie.
Hijo de gallegos, mi padre, con una educación de cuarto grado de primaria, pero con una gran universidad de la calle.
En mi casa nunca hubo riquezas, ni lujos, pero a los que llegaban, los hacíamos sentir en la gloria.
Mi madre era una hermosa mujer, con unos ojos verdes, maravillosos, que brillaban dando a conocer su luz interior. Si mi padre era hosco, mi progenitora era unas castañuelas. Su alegría por vivir se desbordaba e inundaba a todos los presentes.
Mi viejo me resultaba a veces rudo, falto de sentimientos. Tal vez sería porque como niño, no entendía lo que pretendían los mayores y hacía falsas conclusiones con respecto a él.
No era tan cariñoso como mi madre, mas en aquel tiempo, los hombres no debían mostrar debilidades y ser cariñoso, era considerado una debilidad. Recuerdo que siempre me decía cosas para que cuando fuera mayor, la vida me fuera más fácil que a él. Con sus manos lo arreglaba todo, tenía ese don de reparar lo que los demás ya daban por perdido.
Si yo deseaba un par de zapatos, me sentaba a su lado y hablando como si yo fuera un adulto me decía.
– Usted tiene un par y están en buenas condiciones. Antes de que esos se rompan, yo le compro unos nuevos, pero ahora no hay dinero para eso y en verdad no necesita otro par.
Yo lo miraba, bajaba la cabeza y no entendía porque no podía tener otro par.
No fui malcriado, aunque si consentido por mi madre y mi abuela Yeyé. Dos mujeres que marcaron mi vida y mi entorno.
Cuando hay problemas económicos en una casa, casi siempre hay alguna pelea y en mi casa no faltaban.
Mi madre era bondadosa y abusaba a veces del dinero de la casa. Mi padre que no era contador ni tenedor de libros, pero no necesitaba papel y lápiz para resolver una cuenta o problema matemático. Siempre armaba la bronca cuando se daba cuenta que el dinero suministrado no había alcanzado hasta lo planificado. Eran broncas caseras, que al final mi madre resolvía poniendo en la mesa el plato preferido de mi padre y dándole un beso.
Ambos fueron diferentes y sé que cada uno a su modo me quería de la forma que sabían querer.
Mi padre me abrazaba fuerte y jugaba a pelear conmigo, donde siempre ganaba él, nunca me dejó ganar a mí. Luego me decía.
– En la vida hay que ser fuerte por dentro y por fuera, porque la vida es dura y se come a los débiles.
No entendía eso de «comerse a los débiles»
Ya de adulto me di cuenta que el viejo tenía toda la razón del mundo.
Sus enseñanzas me forjaron y creo que hoy soy lo que soy por ellos dos.
Siempre fue honrado con los demás y gran amigo. Tenía un gran corazón pero lograba esconder sus sentimientos y muy pocas veces los dejó salir a flote.
Siempre lo vi con un tabaco en su mano. Era como una prolongación de su ser. No bebía, no bailaba, pero adoraba jugar dominó con sus amigos, bueno, creo que toda clase de juegos le gustaban. Cuando iba a aprender uno nuevo, siempre decía
-Antes de enseñarme las reglas, enséñame las trampas.
Amaba la lectura al igual que mi madre. Heredé el amor a lo libros por ellos dos.
Me lamento que de adolescente, no hubo una buena comunicación entre nosotros. Eran muchas las cosas en contra de ambos. Viví solo con él durante doce años, pues mi madre y hermana, estaban en USA. Creo que en silencio me culpaba de que mi madre se hubiera ido, pues fui quien hizo todo para salir del país.
Muchas cosas nos separaron en ese tiempo, pero mi cariño y amor hacia él nunca me faltó, aunque seguí sus reglas y no se lo demostré nunca.
Abandoné Cuba y nuestra despedida fue fría, no como yo hubiera deseado que fuera, pero a veces la vida te da circunstancias que no entiendes en ese momento y cuando vuelves las espaldas, ya el tiempo ha pasado y ése no se recupera nunca.
Mi padre murió solo en Cuba. No sé ni donde están sus restos, Me duele eso, pero pienso que él siempre está conmigo, llamándome la atención sobre las cosas, como hacía en vida, para que fuera un mejor ser humano.
Si hoy pudiera viajar en el tiempo, volvería a Cuba al año 1979, año en que abandoné mi patria y me plantaría ante mi padre, lo abrazaría con todas mis fuerzas y le diría
– Mingo te quiero mucho y eres el mejor de los padres.
Autor.
Jorge Luis Seco