Siempre estás ahí.
Cuando nací ya estabas presente, me recibiste casi en tus brazos y aunque no me cantaste nanas para dormir, estabas detrás de mi madre acompañándola en todo lo que hacia.
Al despertar tanto en la noche por hambre o por sentirme mojado, abría los ojos y te veía a ti, siempre ahí. A veces me asustabas, otras veces me hacías sonreír y pensar que eras parte de la familia y debía aprender a quererte.
Los años empezaron a pasar, yo a crecer, mis padres a hacerse más viejos y tú en cambio te mantenías igual.
Como era un niño, esas cosas no las analizaba. Tal vez no las entendía, pero no me daban dolores de cabeza. Ojalá y siempre esas cosas hubieran seguido así, sin darme dolores de cabeza.
Con la venida de los años, el crecer física y mentalmente fue parte del proceso llamado vida. Esa trae una serie de cambios, algunos deseados, otros temidos y un montón no deseados ni bienvenidos.
Venían cosas nuevas. Una nueva casa, vecinos indiscretos algunos, curiosos otros y amables con actitud de familia.
No te perdí en ninguna mudanza. No desaparecías como lo hacían algunos personajes que llegaban y solamente actuaban unas escenas, desapareciendo para siempre de nuestras vidas. Tú eres una constante, a la que me adapté como se adapta uno a respirar pues si no perece, pero lo hace inconscientemente.
Perdí gente muy querida. Esa pérdida total, que nos deja un hueco que creemos que desaparecerá, mas no es así, todo sigue su curso y otros van tratando de llenar esos vacíos, sin que nos demos ni cuenta.
Salí de mi país y te fuiste conmigo. No sé como lo hiciste, pues a mí me costo Dios y ayuda para poder dejar Cuba. Tú ibas a mi lado en al avión y estoy seguro que ni pasaje habías pagado. Yo callaba, nada decía, pues temía abrir la boca y buscarme un lío.
Al llegar a Madrid, pensé que ya te habías desaparecido, cual sería mi sorpresa, que al llegar a la casa de huésped, allí estabas tú. Detrás de la cabecera de mi estrecha cama, como lámpara de pie, sin decir palabra, pero dándome una sonrisa de bienvenida, que te agradecí, pues lo nervios me traicionaban.
Mi primera salida. Un país extraño, suerte que hablaban mi mismo idioma, aunque a veces no sabía ni papa de lo que me hablaban, pero me fui acostumbrando y llegué a entender bastante.
Me acompañabas por todas las calles de la gran capital que caminaba, con mis ojos abiertos y mi boca en forma de «o» con asombro por todo lo que veía y para mí era nuevo.
Estaba descubriendo un mundo, era el viejo continente, pero yo lo sentía como si estuviera descubriendo la Atlántida. Algo de lo que me habían hablado, visto en algunas películas y nunca soñado de poder verlo en vivo y a todo color.
Doblar una esquina era una sorpresa. Viejos edificios, conservados casi intactos, sin que los años le hubieran podido restar belleza ni prestancia.
Iglesias, que tendrían siglos y se encontraban como construidas diez años atrás. A veces me sentaba en algún parque a ver pasar a la gente a mi alrededor, escuchas las historias que se contaban las señoras en los bancos vecinos. Todas vestidas con colores muy oscuros, nada de los colores de mi tierra, donde las mujeres mayores o jóvenes llevan los colores del trópico. Esos colores que estallan al mirarlo y llenan los espacios con múltiples manchas, que podrían llenar el lienzo de cualquier pintor.
Miraba a mi alrededor y te veía ahí, como lazarillo, no sé pero me hacías sentir seguro y a las vez con cierta contrariedad, pues no hablabas.
Ya lo había intentado y no obtuve nada a cambio, por eso decidí nunca más dirigirte la palabra, mas nunca se debe decir nunca.
Mi dinero era escaso y me tenía que apretar el cinturón. Tuve algunos trabajos, mal pagados pues cuando hay necesidad en todas partes encontrarás quien se aproveche de la situación.
Hice muy buenas amistades y tú algunas las aprobabas y otras ponías una cara de espanto. Yo no te hacía ni caso. Ya sabía que era mi vida y debía vivirla a mi manera. Eso fue algo que tuve muy claro desde muy temprana edad.
Los amigos siempre ayudan, sobre todo cuando estás lejos de los tuyos, de tus fachadas y edificios. No importa que éstos se estén cayendo y con muletas y remiendos. Siempre serán los tuyos, los verdaderos. Tu casa, pobre o rica, linda o fea, pero tu casa y eso la hace muy especial.
Volví a montarme en otro avión y a mi lado ibas tú. Mira que di vueltas por Madrid. Di miles de paseos, tratando de borrar mis huellas a ver si te dejaba en una calle estrecha de esas por donde casi no pasa un coche.
De nada me sirvió. Al salir del aeropuerto me encontré con mi madre, mi hermana y dos sobrinos que no conocía.
Mi hermana dejó Cuba siendo una niña y me la encontraba doce años después y era una mujer con dos hijos.
Mi madre era la misma, mas la desconocía. El sistema donde había estado encerrado por 30 años había hecho posible que la mágica conexión de madre e hijo se hubiera roto.
Luché por unir hilo por hilo y casi lo logré. Pero somos producto del medio donde nos desenvolvemos y el medio de ella y el mío eran totalmente diferentes, con grandes desavenencias y abismo casi insalvables.
Señores pero el cariño y el amor no solamente son las cosas mas hermosas de la vida, si no también las más poderosas.
Esos sentimientos que anidaban en ambos, lograron ir limando asperezas y creando la situación para el amor que estaba tapado por cosas que me cuesta mucho narrar, desaparecieran y nos volviéramos a amar como lo que sencilla y llanamente fuimos, somos y seremos, madre e hijo.
Tú fuiste partícipe de esos desamores y amores. Nada me decías pero te veía y a vez sentí que sufrías cuando yo sufría o serían ilusiones mías y nada mas.
Seguí creciendo, pues siempre estamos creciendo, no importa la edad. El crecimiento físico se detiene en un momento de nuestras vidas, pero el crecimiento espiritual es para siempre.
Mi fui a vivir solo, entraron y salieron personas de mi ámbito y tú siempre conmigo.
Me llegaron amigos que me demostraron lo hermoso de ese sentimiento. Me siguen llegando y esa es la mayor riqueza que poseo. Otros se han adelantado al viaje en el que todos tenemos el boleto listo.
Yo sigo acá y tú conmigo. No sé si cuando me llegue la hora de partir, allá donde vaya a encontrarme con todos esos seres amados, me encuentre contigo del otro lado del umbral.
No sé si después de la vida, tú querido tiempo, también estés allí para seguir marcando el paso de eso que del otro lado llamamos vida.
De todas formas te doy las gracias, pues has estado siempre conmigo, marcando lo bueno y lo malo. Eres el reloj que me dice que estoy vivo y deseo estarlo hasta que mi salud y mi mente me permita valerme por mi mismo.
Te quiero TIEMPO y deseo que sigas ahí a mi lado.
Autor.
Jorge Luis Seco