Un nuevo despertar.
Me levanté temprano, antes de que el teléfono puesto para sonar a las ocho, emitiera su música que anuncia el día.
Con cuidado me puse de pie estirando todo mi cuerpo, permitiendo así que el sueño que aún quedaba prendado de mí se espantara un poco.
Las viejas pantuflas recibieron mis pies acariciándolos con su felpudo interior.
Los ruidos cotidianos, me anuncian lo que hacen los vecinos y quien va por la calle. El sonido viaja hasta mi ventana y al llegar choca conmigo dejándome saber como se sienten los transeúntes en el inicio de su faena.
Con suave andar voy a cuarto de baño para lo usual que hacemos todos al iniciar el día.
Ya aclimatado a los ruidos, y sabiendo si los de arriba aún están en su apartamento y los de al lado, no pelean como hacen constantemente cuando se despierta y también cuando regresan del trabajo, pongo música.
Esa música vieja de la que mis sobrinas se burlan, pues estoy seguro que no llegan a sus oídos ya aclimatados a los ruidos ensordecedores a los que los jóvenes hoy llaman música.
Las cantantes de mi país, Cuba, que cuando interpretaban, ponían vida, alma y corazón en las interpretaciones.
Por fin escucho las primera letras y se pinta una sonrisa en mi cara, que encoge mi alma, pues muchas me traen recuerdos imborrables que sé que nunca me abandonarán.
Pongo mi mano derecha en mi cintura, bueno, ya ni cintura tengo, pero eso no cuenta. Subo la izquierda a la altura de mi cabeza y doy unos pasos al compás suave de un bolero. Doy algunas vueltas y las ideas se revuelven en mi interior, haciendo aparecer trozos de la película llamada vida.
Aprieto los párpados y dejo que la memoria afectiva se active al máximo, creando un sinfín de sensaciones, mezcla rara de amor, placer y dolor, pues eso es la vida en sí.
Al fin me dispongo a hacer mi café. El peso del agua en la cafetera me indica las tazas que deseo hacer. Con mucho cuidado, lo preparo todo, midiendo mis pasos y mis acciones, para no errar en nada.
Mientras el aroma del néctar negro va llenando mi espacio, me voy vistiendo tarareando alguna letra que escucho. Tardo algo más de lo normal, pues todo lo hago con sumo cuidado.
Ya una vez vestido y calzado, me dispongo a saborear mi desayuno. Preparo mi café con leche, tuesto un pan que me hace recordar a una persona muy amada, le pongo un poco de mantequilla y a desayunar se ha dicho.
Terminada mi rutina friego todo y me dispongo a salir a la calle.
Las escaleras para mí son algo peligrosas, pero no les temo. A veces pienso que son como monstruos que están a mi acecho y yo con una espada mágica los iré eliminando en mi lento andar.
No rían, son cosas de viejos y además de uno creador como lo soy yo. Mientras mi mente esté funcionando bien, seguiré pensando en cosas y plasmándolas en blanco y negro.
Después de mi batalla diaria con las escaleras, llego al fin a la puerta que me dejará salir al mundo exterior. Ese mundo cargado de riquezas, que se brindan a nuestro paso y que no vemos por andar atareados en otras cosas.
De todo lo que la vida nos da y no asimilamos, y el tiempo pasa y no se detiene, ni podemos volverlo atrás, como hacemos con el reloj, cuando se adelanta.
Abro la puerta y me recibe un sol hermoso, que me da los buenos días. En mi interior lo saludo y le doy las gracias, por estar ahí.
No lo puedo ver, no veo, estoy ciego hace muchos años, pero lo recibo en mi piel y lo amo, porque yo si lo disfruté cuando tuve vista y lo adoré siempre. Hoy en día le sigo dando las gracias por dejarme saber que estoy vivo y que siento.
Autor.
Jorge Luis Seco